Estoy en el Sistema de Transporte Colectivo Metro a eso de las nueve de la mañana. Se siente esa ligera tibieza producida por tantos cuerpos reunidos en un pequeño espacio, esto último también es razón de que las personas busquen pequeños resquicios donde puedan respirar más libremente; sobre todo es anhelado el alivio que supone conseguir alguno de los limitados asientos.

Como cualquier hijo de vecino, ejercí mi breve lucha por obtener el descanso y comodidad para leer que ofrece sentarse. Sin embargo, un joven que no era mayor a mí por más de cinco años interrumpió mi lectura y dijo: “Oye ‘brother’, estás en un asiento reservado”, mientras señalaba a una pareja de asiáticos que cargaban a un niño pequeño, apenas un bebé.

Yo respondí que no me había percatado de su presencia y me levanté al instante; el muchacho que advirtió mi descuido le señaló a la pareja el asiento disponible. Yo me dispuse a leer mientras permanecía parado, esperando mi estación. Todavía en el viaje, volteé a ver al joven y solamente permaneció en el pasillo del vagón luciendo unos bonitos lentes de sol.

Tuve tiempo poco después para pensar sobre este suceso: ¿qué habrán pensado las personas alrededor?, ¿considerarían ésta una conducta loable o digna de ser repetida?, y sobre todo, ¿ellos mismos lo habrían hecho?

Por banal que pueda parecer la situación, creo que se trata de algo que vale la pena contar por el simple e incómodo hecho de que una persona confrontó a otra. Considerar esto despertó otra duda en mí: ¿cómo habría reaccionado alguien más? Me inclino a responder que con indiferencia o con violencia (tan siquiera agresividad). Es feo pensar así de México, pero es fácil sacar una opinión similar del transeúnte promedio; solemos decir “ya en nadie se puede confiar”, sin percatarnos que eso nos incluye a nosotros.

Me imaginé que era probable que algunas de las personas dentro del vagón pensaron que se trataba de un gesto noble que realizaban dos jóvenes, pero también otros que lo veían como una futilidad, tal vez guiados por una política de “cada quien que se rasque con sus propias uñas”.

Es lo que vemos a diario en esos carros naranjas: señores, o más bien adultos, que no quieren cederle el asiento a alguna mujer que, no importando su condición, dejando un poco de lado la cortesía y la caballerosidad (que no ha muerto), si trae algo cargando, una caja o la edad, tiene que esperar a que aquél deje de fingir dormir o a que realmente tenga que desocupar el asiento. También hay jóvenes que por rebeldía o por gracias del ejemplo que nos dan personas como las que acabo de describir, no ofrecen su lugar a otras personas, principalmente al enemigo número uno de la adolescencia: la persona mayor.

Espero que no sea malinterpretado lo que digo, no pienso que se trate de la mayoría ni que la sociedad esté perdida, sino que se trata de algo que sucede, algo que vivimos. Lo que sí creo es que tenemos un papel predominante los jóvenes: moldear a la sociedad. Por eso creo que se invirtieron los roles en aquel incidente en el metro, aquel muchacho y yo jugamos a ser mayores, a comportarnos como adultos y a la altura de la situación. Claro, no fue una situación límite en la que nos viéramos afectados gravemente ninguna de las partes involucradas, pero por un momento el juego dejó de serlo porque el campo era la vida real.

A veces olvidamos eso, que nosotros no dejamos de ser dependiendo de un contexto u otro, sino que cualquier actividad en la que nos vemos involucrados forma parte de nuestra vida. Por esto creo que las personas llevan consigo todo tipo de cosas aprendidas por fuera al momento de comenzar un juego, y viceversa, la gente cambia su forma de vivir gracias a algún deporte u otra actividad grupal. Para mí, por lo menos durante ese momento de responsabilidad, los jóvenes tomamos el lugar de ejemplo, en cambio de esas personas indiferentes e irresponsables que no se dan cuenta, o no quieren darse cuenta, de que ellos pueden lograr un cambio; un cambio distinguido y llamativo, o sigiloso e íntimo, no importa, pues en el terreno de lo moral cualquier logro tiene grandes implicaciones.

Foto: sonnelitch via Flickr [CC BY-ND 2.0]