La odisea comenzó como las conversaciones de la posmodernidad: con un mensaje al celular y una organización instantánea de eventos. Whatsapp o la acción lúdica del lenguaje escrito, provee de una nueva forma de relaciones interpersonales, dos palomitas indican la llegada y lectura de un mensaje, dando pie a toda clase de elucubraciones: Que la persona que ha recibido el texto sufre de indiferencia crónica, que la recepción tuvo un malentendido o que llanamente no le interesa el contenido (en última instancia, no le incumbes). Tantas sospechas absurdas y tantos temores infundados que se disuelven con explicaciones simples. La más común se debe a la torpeza propia de nuestra especie: Se nos olvida responder.

Volviendo a la médula de esta crónica, una querida amiga tuvo a bien invitarme a una fiesta de disfraces, la cual iba a tener doble motivo, celebrar Halloween (si es que puede loarse el capitalismo y el latex en la cara) y el reencuentro con de una de sus conocidas. Al principio acepté su propuesta, no tenía nada qué hacer esos días y la celebración quedaba cerca de donde viví fugazmente, una de esas colonias que no parecen tierra mexica (las parejitas con cabello rubio y en bicicleta sonriendo como si el nivel de pobreza en el país no rebasara los límites de la indignación). Pero ¡oh sorpresas de la diosa Fortuna! Ella replicó con un: “Ya estás en la lista”. ¿Una lista? ¿Qué lista? Nadie me había dicho nada de una lista. Cuando hay una lista en una fiesta que parece ser “casera”, no lo es. Es una trampa de la burguesía. Ahora tengo que hacer una aclaración para que no me piensen como un rancio marxista. Pertenezco a la clase media (si es que existe) y gracias a mi origen he conocido los dos mundos, si se le pueden llamar así: los de arriba y los de abajo. Me reconozco como un ser bilocado, desgarrado. Desde esta perspectiva, la del medio, la del no-estar, tengo la maravillosa oportunidad de caminar en la senda de la diversidad. Por eso acepté ir a la fiesta, para reportar y atestiguar los excesos de los habitantes de la noche, los cazadores de instantes: el Mirreynato disfrazado.

Mi problema parecía reducirse a pensar en el disfraz indicado. Dada mi condición de exiliado solamente estaría en la Ciudad unos días y no me era posible comprar aditamentos para ocultar mi apariencia y tornarla en una original propuesta para impactar a los convidados. En realidad gastar para disfrazarse es un acto absurdo, pero para ciertos grupúsculos sociales la moda es una actitud cotidiana de existir en la estética, aunque efímera, prioritaria.

La solución fue rápida, una capa de vampiro (con el cuello rojo y satinado) prestada para la ocasión. Claro, no era disfraz más original pero cuando el tiempo apremia surgen los caminos de la creatividad. Mi ser mexicano me impide preparar con antelación las cosas, me gusta la emoción de esperar hasta el último minuto para hacer las cosas. No hay que confundir mediocridad con improvisación y mucho menos con nuestra encarnizada batalla por ganarle al tiempo. Son retos palpitantes para sabernos vivos, paradójicamente, hasta en un día de muertos.

Llegó tan temido día, me indicaron dónde habrían de pasar por mí para llevarme a la fiesta y subí al transporte público para llegar al punto. La mezcolanza urbana daba risa: unas mujeres (cuatro o cinco) con disfraz de catrinas, el esqueleto pintado en la cara y los dientes del habitante del inframundo puestos a la altura de los labios, de tal manera que cuando abrían la boca, la calavera también lo hacía; un grupo de jóvenes maquillados como zombis, con la piel pálida y los pedazos de piel colgantes. Eran muertos vivientes nacidos en México pero de origen norteamericano. Muertos de plástico y de risa porque su conversación se intuía animada. El choque (crossover) cultural parecía divertido, nuestra tradicional “Flaca” y los seguidores de modas extranjeras. Esa noche y tal vez la siguiente, el transporte público era una licuadora de enmascarados, sin mencionar que los oficinistas (los hermanos de la cofradía Godínez) coexistían con su habitual traje y aspecto de soldado que ha perdido la batalla contra la esperanza de ser feliz.

Llegué al punto de reunión. Me encontré con Claudio Guadarrama, futuro cineasta y estupendo conversador. Intercambiamos saludos, charlamos de temas amables, comentó su reciente viaje a Nueva York (hasta sacó un mapa para explicarme cómo se había perdido en Brooklyn) y esperamos a que llegara el vehículo de nuestra amiga en común. En una camioneta aparecieron los Fajardo, Andrea y Mauricio, filósofa y arquitecto. Subimos y llegamos a la fiesta.

En la entrada un sujeto malencarado revisaba los nombres en una lista que parecía contener más de 100 personas. Era una lista bastante improvisada (a pesar de estar impresa), tanto que Claudio Guadarrama no aparecía así y terminamos por aceptar que un tal “Claudio Gu” era el que más se parecía. Pagamos la cuota (que Andrea Fajardo costeó para todos) y nos sumergimos en el Halloween mexicano.

 ¡Oh dioses del buen gusto, ¿por qué bendicen tan poco a la juventud?! Entre la fauna nocturna encontré disfraces exóticos y algunos plenamente irreverentes, la mayoría ingeniosos o diseñados para hacer lucir a su portador/portadora. La anfitriona vestía como Tomb Raider (Lara Croft) con unos shorts, pistolas y playera de tirantes, favorable indumentaria debido a su fina silueta. Para mi fortuna no encontré otro vampiro o vampiresa y si lo había no llevaba una capa como la mía. Los Conde Dracula tradicionales se han desvanecido, Béla Lugosi ha muerto definitivamente. Vi chicas disfrazadas de jugadoras de futbol, gatitas, de personajes de Lewis Carroll (reina roja, Alicia y hasta el sombrerero), una que otra con antifaz y la peculiar “hiedra venenosa” que, ante el ágil consumo de alcohol, terminó cayendo en una escalera atrayendo a todos los varones que tan gentiles como morbosos, disfrutaron de ayudar a la verde mujer. Los hombres, por otra parte, portaban máscaras plásticas, disfraces más bien para presumir como el de Robin y uno escalofriante que emulaba a la criatura del Dr. Frankenstein; un guardia romano por aquí y otro con el atuendo de muerto viviente. Mis acompañantes vestían de Hannibal Lecter, caballero templario y yo, pues ya lo he dicho, de vampiro región 4.

Bebimos, comentamos los disfraces, felicitábamos a los que se habían esmerado en el atuendo y reímos cuando uno de nosotros, que había ido al baño, escuchó a una chica decir: “Ya me cansé de estar sonriendo”. Las cámaras eran las presencias que llenaban, fuera de los humanos, la fiesta. Un gesto graciosos y ¡flash!, ahora haz la pose como el personaje del que estás disfrazado y otro ¡flash!, “¿me tomas una foto?” ¡Flash! Terminamos, nos despedimos y volví a mi casa temporal. En el trayecto de vuelta en una esquina había un grupo de trabajadoras sexuales, ellas no tienen tiempo para celebrar en las noches, deben trabajar. “En un rato -pensaba antes de dormir- cuando los asistentes a la fiesta se quiten el disfraz van a descubrir que en realidad Halloween es todo el año y que vestirse de una manera apropiada es también disfrazarse.” ¿Por qué a pocos les gustará ser quienes son y a tantos nos gusta fingirnos diferentes?

Fotografía: Nosferatu – objetivocine.es

  • Claudio Guadarrama

    Debo decir, que yo soy uno de los acompañantes, y debo decir que me siento apenado porque traía en mi mochila ese mapa, lo cual demuestra que tengo varios meses sin limpiar; aunque agradezco ser un buen conversador.

  • Claudio

    Me encantaría decir que es verdad, todo el tiempo hay máscaras, pero las máscaras son simplemente una forma de esconder el defecto o fracaso ante uno mismo; es el fracaso de no poder ser uno mismo, de no expresarse al 100%, de olvidar nuestra esencia por una sociedad que ha olvidado que lo único que somos como seres humanos es amor, sólo por el miedo a que no se nos comprenda y se nos ataque como a un triste loco por ser nosotros mismos, por tener la capacidad de soñar y ser felices hasta cuando no tenemos todo en esta vida.