La verdad es que a estas, no tan altas, alturas de mi vida, la moda no es más que un simple recuerdo de una pubertad wannabe junior. Hoy no estoy interesado en ella y espero no estarlo en el porvenir. Sin embargo, siempre he tenido una cierta atracción por las camisas Oxford, esa camisa clásica, seria, abotonada en el cuello, de color blanco o azul cielo; no la veo como una simple vestimenta, sino como una representación más completa.

Las camisas Oxford son consideradas como clásicas, y siempre me ha gustado definir lo clásico como aquello que trasciende más allá de la historia. La verdad esa definición es un mero capricho pseudo-filosófico personal y es muy probable que no sea acertada.

Lo clásico ha sido olvidado, nuestra generación ya no se interesa en lo mejor que dejaron generaciones pasadas; todo es abarcado por la innovación y el cambio (palabra favorita de los políticos). Véanlo así: ¿qué va a opinar un adulto mayor promedio sobre el aborto? Lo sabemos prácticamente de facto; ahora, ¿qué va a opinar un joven promedio sobre el aborto? Estamos medio divididos; ya campechanea el asunto.

Como han de pensar, yo me solía considerar un conservador, pero una vez me dijeron: “Los conservadores son esos que si les dejan un camino de pan se van a detener a alimentarse lentamente de cada pieza, mientras los que dejaban el rastro llegan a la casa hecha de dulces”. La conclusión de aquella clase incluía: “Ambos están mal, no disfrutas comer pan lentamente y nunca llegar a comer dulces; pero tampoco puedes comer dulces por siempre sin comer pan”.

En respuesta a esto un cuate que se llama Chesterton decía que había que ser tradicionalistas y no conservadores, y se los explico como lo entiendo: El tradicionalista es aquel que puede mantener lo mejor de cada generación sin necesidad de detenerse, es decir, recoge sólo los mejores panes para comérselos cuando llegue a la casa de dulces; recogen lo que merece ser llamado clásico para aplicarlo en nuevas creaciones.

Veamos en la literatura. Los clásicos los tenemos arrumbados en el librero; ese que quedó entre tu saga de “Crepúsculo” y de “Cincuenta Sombras de Grey” es la Ilíada de Homero, uno que te regaló tu abuelo cuando tenías 15 años y nunca se te ocurrió leer. Hoy muchas escuelas prefieren poner a leer “Harry Potter” a sus alumnos que algo verdaderamente educativo.

Recuerdo hace unas semanas que buscaba un libro para un amigo de mi hermano que le gusta leer (13 años, algo muy raro a su edad) e imagínenme emocionado eligiendo Los Tres Mosqueteros o Don Quijote cuando llega mi hermano con un conjunto de hojas de papel (porque no era más) que en la portada decía Marcada, un libro de de vampiros de P. C. Cast y Kristin Cast (perdón si a alguien le gustó pero la portada parecía de broma). La portada de este libro incluía una etiqueta que ocupaba el resto del espacio e informaba: “Serie con más de 10 millones de copias vendidas en 39 países”; conjunto de hojas que terminamos comprando. Poca relación con las Oxford, tal vez, pero hay que mencionar: Esto es correr a la casa de dulces sin llevar pan.

Las camisas Oxford deberían ser la vestimenta de los que quieren mantener lo que funciona, lo clásico, pero siempre buscando progresar. Pocos son los que piensan en el pasado y en el futuro a la vez, la mayoría sólo lo hace en uno. Pero las camisas Oxford hoy se han convertido en un mero producto comercial, ya encontramos imitaciones en una extensa variedad de marcas, calidades, telas, y hasta colores. Pero la realidad que la Oxford original es una y, sin importar los cambios en el pensamiento, nunca dejará de serlo.

Hoy, son muy pocos los privilegiados que pueden usar una camisa Oxford representándola, y les aseguro que esos pocos tienen la suficiente sencillez para nunca presumirlo.