entre-dientes-1No es de extrañar que de cuando en cuando ocurra la siguiente escena:

Algunas personas comparten la mesa para disfrutar una deliciosa comida. Digamos, por ejemplo, que hay albóndigas, macarrones con queso, frijoles, agua de jamaica, bolillos y un par de tortillas. Todo es delicioso; tanto, que hay quienes se sirven doble ración (incluso triple). Todo es risa y diversión. Acaban hasta con la última pizca de alimento. Terminan llenos. De pronto, llega la anfitriona y pregunta:

— ¿Van a querer postre?

Entonces todos callan. Ocurre ese silencio cómplice de quien sabe que lo políticamente correcto es decir «no» y, sin embargo, no lo hace; no lo hace porque su estómago dice “sí, sí, todavía cabe el helado”. Entonces, como digo, todos callan. La anfitriona interpreta ese silencio, va a la cocina y regresa a la mesa con las copas de helado entre las manos. Todos sonríen aliviados.

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Siempre he creído que comer es un ritual; un acto que involucra tanto placer como necesidad. Hace unas semanas comencé a leer Entre dientes, un libro de crónicas gastronómicas escrito por el aclamado argentino Martín Caparrós. Siendo sinceros, estaba un poco extrañada, sabía que Caparrós era un gran escritor, sin embargo, no sabía qué esperar de un libro cuyo tema principal fuera la comida. Dejé de pensar en ello y le di una oportunidad. Y menos mal, porque de otra forma, me habría arrepentido por el resto de mi vida.

Si algo he de confesar es que soy una comelona. No hay nada que me produzca más placer que probar bocados de todo tipo: salados, dulces, amargos (sobre todo amargos). La ventaja que he tenido durante toda mi vida es que mi madre ama cocinar, por lo que en la casa crecí rodeada de una enorme variedad de platillos y, sobre todo, de una gran educación culinaria. Mientras mis compañeros de primaria desayunaban cereal con leche, yo desayunaba enchiladas en salsa de guajillo; mientras mis primos pedían al menú infantil de Sanborns, yo pedía los chilaquiles verdes con arrachera.

Entre dientes me gustó por eso, por ser uno de esos libros que sientes muy íntimos, por lograr esa complicidad entre un comelón y otro.  A través de las anécdotas que cuenta, Caparrós solo te deja en claro una cosa: él es una de esas personas que haría cualquier cosa por tener —o en este caso comer— lo que quiere. Desde viajar a Shangai por un día solo para comer perro, hasta organizar un banquete romano en Italia según el recetario De Re Coquinaria, de Marcus Gavius Apicius (en donde el ritual indica que hay que vomitar todo para seguir comiendo).

Ya fuera serpiente en Malasia, sopa de aleta de tiburón en China, hormigas en Colombia, nidos de golondrina en Pekín o huevos de tortuga en Yucatán, Caparrós nunca le dijo no a una comida. Eso, creo yo, es de valientes.

A su vez, lo más interesante del libro es que no solo se habla de comida, también se hace un ensayo sobre la comida y su evolución a través del tiempo; sobre su relación con la religión y con los estratos sociales y sobre muchos de los prejuicios que existen alrededor de ciertos alimentos.

Con un menú muy global, el autor explora como buen cronista el mundo que lo intriga y, entonces, lo plasma a través de la palabra. Como menciona Juan Villoro en el prólogo del libro:

“Caparrós paladea una esencia, Caparrós busca una palabra. El taller de los sabores es, secretamente, un taller narrativo. Como los maestros del Zen, al enseñar una cosa, Martín Caparrós enseña otra: mientras prueba a qué sabe el mundo, demuestra cómo debe ser contado”.