Con el pasar del tiempo, nuestra sociedad se ha globalizado. El capitalismo se ha implementado, las vías de comunicación han evolucionado, nuestras opciones en el mercado son vastas y las redes sociales han ganado terreno en el tráfico de información. Sin embargo, estos grandes avances también han traído consigo varias consecuencias que tienen más que ver con una gran pérdida de identidad.

La sociedad ha ido banalizando sus conceptos de felicidad. El sexo se ha frivolizado, las formas dentro de éste se han perdido, se busca un placer o un escaparate momentáneo que con el pasar del tiempo pierde sentido. Se ha contagiado la cultura del best seller, y se cree que su máxima finalidad es divertir o pasar un buen rato. La diversión se ha convertido en una especie de bien supremo.

[quote_right]Se escriben libros de todo tipo, hay millones de canciones en la red.[/quote_right]

¿A qué nos lleva esta falsa diversión? Nos lleva a olvidarnos de la trascendencia. Nos olvidamos de cultivar la faceta espiritual del hombre y nos enfocamos a fines próximos que sacien nuestros anhelos. En la antigüedad, el fin más grande y al que había que apegarse era a la religión. Los tiempos han cambiado y ahora, la sociedad basa su actuar en la cultura.

Pero ¿qué pasa si la cultura me es ajena? La cultura representa lo mismo tanto para el analfabeta como para quien es erudito. Cuando el nazismo imperó, lo primero que se hizo fue quemar los libros. De esta forma, la sociedad perdía la capacidad de contemplar otras realidades, y no quedaba más que aferrarse al presente. Es imposible leer a Kafka, a Tolstói y no imaginarnos un mundo en el que reinara la equidad, la justicia y el bien. ¿Cuántas obras artísticas no han sido creadas a lo largo de la historia, y han logrado cambiar el curso de una civilización?

[quote_left]Se nos mueve a ser parte de las masas, y a ser meros consumidores.[/quote_left]

Hoy en día, al cerrarle las puertas a la cultura, nos aferramos a una falta de crítica. La publicidad nos atrae, y perdemos nuestra capacidad para reconocer lo bueno y lo malo. Asistimos a conciertos del género musical “electrónico” sin saber siquiera lo que esa canción nos quiere decir. Y es imposible comprenderlo, porque en expresiones intrascendentes y que no contemplan la grandeza, lo único que se podrá cultivar es una satisfacción momentánea.

El arte verdadero es aquel que trasciende, aquel que mueve los sentimientos y que nos hace más humanos. Es aquel que nos da cuenta de quiénes somos y qué hay que hacer para ser felices. Deben representar un bien supremo, que no debe ser sustituido jamás por la “mera diversión”.