[quote_right]A partir de 1947, se va afirmando un estilo arquitectónico que él mismo llamó emocional, el cuál es apreciado en sus proyectos de las siguientes décadas hasta su muerte en 1988.[/quote_right]

Más que diseñar formas imposibles de concreto y acero, la tarea de los arquitectos es crear espacios que tengan un efecto positivo tanto visual como emocional en quien los ocupa. Aunque pudiera pensarse como algo sencillo, se necesita un entendimiento profundo del ser humano y de la región para la que se diseña, para que se lleve a cabo la tarea de manera exitosa.

Probablemente uno de los mejores ejemplos de este tipo de arquitectura es Luis Barragán, orgullo e inspiración de la comunidad de arquitectos mexicanos desde hace más de 20 años. Sus vivencias durante una época de cambios radicales en el panorama arquitectónico internacional, más una conexión profunda con sus raíces lo llevaron a desarrollar un estilo venerado por creativos de la talla de Zaha Hadid y Víctor Legorreta.

Barragán nació en Guadalajara en 1902, en medio de una familia próspera y numerosa. Debido a sus constantes vacaciones en haciendas rurales, desde pequeño estuvo en contacto con una especial conjunción de arquitectura y naturaleza. Gracias a esto, a mediados de la década de los 20, se graduó de la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara y se dedicó a viajar por Europa. Fue en Francia donde conoció al suizo Le Corbusier, quien le mostró de primera mano los conceptos del movimiento moderno.

Durante los siguientes años, siguió viajando a países y regiones con culturas interesantes y distintas, como España, Nueva York y Marruecos. Mientras tanto, desarrollaba sus primeros proyectos en Guadalajara y la Ciudad de México, los cuáles constituían principalmente de remodelaciones y construcciones habitacionales de carácter funcionalista y comercial.

En la siguiente etapa, su estilo se ve refinado y modificado hasta llegar a un lenguaje en el cual se fusionan elementos de la arquitectura de su ciudad de origen, de España y de Marruecos con las enseñanzas de sus amigos, como el escultor Mathias Goeritz, la diseñadora Clara Porset y Diego Rivera. Esto se traduce formalmente en construcciones masivas, con gruesos muros y vanos pequeños, donde las texturas y los brillantes colores se vuelven los protagonistas. Elementos como el agua y la luz siempre tienen una gran importancia en sus proyectos, pues acentúan el resto de los elementos y producen una atmósfera íntima y acogedora.

A partir de 1947, se va afirmando un estilo arquitectónico que él mismo llamó emocional, el cuál es apreciado en sus proyectos de las siguientes décadas hasta su muerte en 1988. En 1976 obtiene su primer reconocimiento internacional con la exposición del MoMA en NY dedicada exclusivamente a su obra: The Architecture of Luis Barragán. Posteriormente, en 1980, obtiene el Premio Pritzker en su segunda edición. Con esto se convierte en el primer latinoamericano así como en el único mexicano hasta ahora en obtener tan prestigioso reconocimiento.

Sus obras de arquitectura en la Ciudad de México no son muy numerosas, pero todas son diferentes en esencia, aunque mantienen una correlación que las hace inconfundibles como obras de Barragán. Destacan el Convento de las Capuchinas en Tlalpan, Los Clubes de la Cuadra en Arboledas y Las Torres de Satélite, construidas junto con M. Goeritz. Sin embargo, uno de los mejores exponentes es su casa-estudio en Tacubaya, la cuál fue declarada patrimonio nacional de México en 1988 y patrimonio universal de la UNESCO en 2004.

Siempre sobrios y elegantes, sus proyectos parecen simples a primera vista, pero las apariencias realmente engañan con Barragán. Al hablar de su obra, no puede entenderse completamente hasta haberla visitado. Esto es lo que la hace tan inspiradora y mágica. Por esto, los invito a visitar la casa-estudio en las vacaciones, pues con previa cita se proporcionan tours guiados y acceso libre a la obra.