Durante la primera mitad del siglo XX, la Arquitectura sufrió un cambio radical a nivel internacional que tuvo su origen en Europa, específicamente en Francia. Con la culminación de la Segunda Guerra Mundial, se generaron severas dificultades económicas, que no fueron exclusivas para el bando perdedor, sino para todos las naciones participantes. Esta nueva situación cuestionó la manera de diseñar y construir de los arquitectos del siglo XIX, pues además de tener un exceso de elementos ornamentales y caprichos formales, satisfacían solamente las necesidades de una sola familia. En adición a dichos inconvenientes, las ciudades habían ya sobrepasado el límite de la capacidad de abastecimiento de los servicios públicos de agua y alcantarillado por lo que no era rentable continuar con la tipología de casa-habitación unifamiliar.

Debido a esto, el gobierno francés encargó al famoso arquitecto suizo Le Corbusier el diseño de un modelo de vivienda que acomodara a diversas familias en un solo predio de manera vertical. Él propuso rascacielos como unidades de arquitectura urbana integradas que debían cumplir una función exactamente establecida y ocupar un lugar determinado de antemano. Si pudieran ajustarse con exactitud todos los servicios de la comunidad, se cumpliría a la vez el sueño de la ciudad-jardín, ya que en la planta baja de cada rascacielos quedaría el suficiente espacio para una amplia zona verde.

Con estas ideas rectoras, Le Corbusier empezó a desarrollar varias de las propuestas que había plasmado en obras teóricas, pero que no había sido posible aplicar a sus proyectos anteriores por la escala reducida de éstos. Entre dichos experimentos, uno de los ejemplo de mayor trascendencia es el sistema de medidas concebido por el propio Le Corbusier y llamado Modulor.

Contrario al sistema métrico decimal, el cuál está basado exclusivamente en unidades con un valor específico, el Modulor retoma los ideales del renacimiento que se enfocaban en establecer al hombre como única referencia para las dimensiones de un edificio. Para normalizar esta nueva escala, tomó como unidad la medida del hombre francés medio de esa época: 1.75 m de estatura; y más adelante añadió la del policía británico de 6 pies (1,8288 m), lo que dio el Modulor II.

El proyecto de la Unidad de Habitación de Marsella está constituido por un gran bloque que alberga a 1,600 personas, donde los apartamentos se adecuan a la ocupación individual o de núcleos familiares. En el interior del edificio, los 337 apartamentos se cruzan entre sí de una manera complicada, pero eficiente. A media altura, una zona comercial de dos plantas que se extiende a lo largo del edificio, en el que hay salas de actos, un restaurante, y otros servicios para los habitantes. Asimismo, la azotea también es aprovechada para proveer servicios a los condóminos como pistas de atletismo, un gimnasio cubierto, una enfermería, una guardería y áreas comunes.

El conjunto se asienta en un único bloque levantado sobre pilotes, elementos inherentes a los diseños de Le Corbusier, lo que permite liberar todo el suelo para jardines y espacios de descanso, siendo su estructura de hormigón armado y semejante a una estantería. Sobre estos pilotes, el edificio fue concebido de manera que permita una gran permeabilidad a nivel del suelo, con el nivel de la tierra funcionando como espacio de comunicación entre el exterior y el interior y con acceso a las comunicaciones verticales.

Aunque el modelo no se reprodujo en masa como era el plan, logró convertirse en un ecosistema funcional creado por el hombre, para el uso del hombre. El impacto de “Marsella” fue tal que trascendió Europa y llegó a América con gran fuerza. Esto se debió en parte a la situación contextual en la que se concibió el proyecto de Le Corbusier: austeridad y preocupación por la creciente tasa poblacional y la decreciente disponibilidad de espacio.