Para comprender mejor este texto, te recomendamos  leer la primera parte.

Tras la derrota por la mínima diferencia que los salvadoreños sufrieron en Honduras, buscarían la revancha; sin embargo, no fue una venganza cualquiera… En otras circunstancias, cualquier selección se prepararía física y mentalmente para darle una goleada inolvidable al rival en el partido de vuelta, pero en este caso, gracias a la intervención de los medios de comunicación y del gobierno de El Salvador, quienes infundieron el odio hacia el rival, la historia fue completamente distinta.

Los hondureños, conscientes de lo que les esperaba, prefirieron llegar la misma mañana del partido, y llegaron al terreno de juego escoltados por tanques, y acompañados por  amenazas de muerte. Por si el ambiente no era lo suficientemente hostil, todavía se atrevieron a quemar banderas de Honduras, infundiendo temor y preocupación en los futbolistas, mismos que prefirieron preservar sus vidas a jugar futbol y perdieron el partido por 3-0.

Al concluir el encuentro, el futbolista hondureño, Mario Griffin, sólo pudo declarar: “Menos mal que hemos perdido este partido”. Tras estas palabras, él y sus compañeros se dirigieron al aeropuerto, transportados en los mismos autos para salvaguardar sus vidas, mientras que sus aficionados fueron brutalmente golpeados y huían despavoridos hacia la frontera. El saldo fue de dos muertos, docenas de hospitalizados, 150 autos quemados, y como resultado de esta tensión, la frontera fue cerrada.

Esta historia continuará…

En la próxima entrega: la guerra del futbol.

Bibliografía recomendada:

  • Kapuscinski, Ryszard. La guerra del futbol. España, Barcelona edicions digitals. 2012