La película Después de Lucía del director mexicano Michel Franco es el parteaguas de una nueva generación del cine mexicano. Al igual que los espectadores de la cinta, el arte fílmico en nuestro país no volverá a ser el mismo después de su aparición. Todavía más sorprendente es el contenido libre de cursilerías y malas actuaciones; es cruda, como nuestra concepción del drama pero también alude a una situación visible en derredor de la cultura juvenil. Los elemento discursivos navegan desde el atrevimiento de mostrar una peda (o fiesta) real y sin cesuras, hasta la reflexión sobre la muerte y sus efectos destructivos en la cotidianidad familiar.

Los ilimitados artilugios de la maldad adolescente tan propios de la clase media-alta y alta cobran vida en varias escenas, el director nos lleva a no permitirnos tener un ápice de misericordia por estos chicos “bien”. Son sombras de una burguesía decadente las que arrastran, sin piedad, a la protagonista a un laberinto de humillaciones cada vez más indignantes. Noté los rostros de molestia entre el público que me acompañaba, seguramente muchos asumieron el lugar de la víctima o de los victimarios, no importa, lo terrible es que ese tipo de actos se han vuelto tan trivializados que necesitamos una pantalla gigante y una historia fulminante para despertar.

La valentía de la película al transparentar el consumo de drogas implica una afrenta política directa: en medio de una guerra contra el narcotráfico, donde el consumidor es satanizado, en Después de Lucía se vuelve una normalidad generacional darle un suspiro a un churro de mota. La ceguera voluntaria de los padres de familia respecto este tema  (y otros temas también transgresores) adquiere un tinte de complicidad; son los hijos que no se parecen a lo que ellos engendraron. El estado de cosas es pleno, los padres no conocen a sus hijos, les son desconocidos por un distanciamiento lingüístico y afectivo. Conocen, en todo caso, las máscaras socialmente aceptables que sus críos usan para encajar en el mundo de los adultos, un mundo totalmente opuesto al de la juventud contemporánea.

El director Michel Franco adjetiva su apellido en esta obra maestra del nuevo cine mexicano. De frente se ve la construcción de una corriente artística donde el despertar de las letras va acompañado del amanecer de la imagen. Por ejemplo, en lugar de proyectar la sicología barata de un excéntrico sujeto, Franco presenta al mar como un personaje fundamental, misterioso y balsámico. Una genialidad que, esperemos, contagie a los futuros cineastas nacionales. Nuestro tiempo debería llamarse el de “los resucitados” porque, en verdad, han alzado entre muchos intelectuales y artistas, lo que parecía destinado al fracaso. Con Después de Lucía se cumple la profecía de excelencia que es cada director mexicano.