Observé tardíamente el video en el que Félix Baumgartner salta desde la estratósfera. Supe del evento pero mis ocupaciones académicas (que implican recorrer las letras con los ojos y sumergir las manos en el teclado para dar vida a una incipiente tesis) impidieron que lo viera en vivo y/o fuera posterior testigo a través de YouTube. En Twitter fui lector de las expresiones de asombro, pero este tiempo en el que vivimos carece de la capacidad de contemplación genuina frente a lo portentoso y, por tanto, no le di tanta importancia. Apenas ayer, por coincidencia, encontré el video y presencié el acto. Fuera de lo mediático, conmovió mi reflexión.

Me sentí como la generación de mis padres frente al televisor, asomados a la pantalla y guardando silencio, para atender al momento histórico de Neil Armstrong y sus pasos sobre la Luna. La conquista del espacio resultó en la posibilidad de captar lo indómito. Ese negro enigma ya era nuestro, dejaba de ser misterio divino para asumirse como un objeto más de la ciencia. La locura espacial no ha cesado: ni en la literatura con la ciencia ficción, el cine o el afán por demostrar la existencia de vida inteligente extraterrestre. Todo esto responde a una necesidad barroca de llenar los espacios en blanco. El espacio es una pausa y nos desespera pensarlo vacío. La esperanza en alienígenas denota el pavor que la humanidad tiene a la soledad. No es una soledad ordinaria, es completar la ausencia con cualquier rastro de compañía. Vemos a los monstruos que Hollywood presenta como seres de otros planetas: no importa su malicia o fealdad, confirman que no estamos solos en este inescrutable panorama de abismos estelares.

Volviendo al salto, vi la silueta de Armstrong en Baumgarnter y sentí la tensión compartida con millones; por un lado quería que lograra los récords,  por otro lado deseaba su fracaso. El morbo sigue siendo una fuerza de gravedad poderosa. Al final, cumplió lo prometido…

En medio de un mundo que busca escapar de sí mismo, lleno de falsos cambios, de una estética estancada, de la problemática ambiental, un sujeto decide confirmar que somos posmodernos y que vale lo mismo usar una nave espacial que una plataforma de clavados. La contradicción de la posmodernidad se centra en el tiempo. Vivimos todos los tiempos en uno. La crisis de la historia se sitúa como único aspecto de normalidad y coherencia. Años atrás se aplaudían los satélites (la famosa “policía del pensamiento” que profetizaba Orwell en 1984) y a los animales astronautas (fueron miles de inhumanos experimentos donde sufrieron varias especies el anhelo de la ciencia; la perra Laika y su victoria no es suficiente para minimizar la crueldad animal ejercida en nombre del “progreso”). Es curioso que ahora aplaudamos el regreso de un hombre que por poco sale de nuestro planeta: vitoreamos la hazaña de conquistar la Tierra. Ya no es la enorme bóveda celeste nuestro mayor temor, ahora somos nosotros como principales desconocidos los que encarnamos el horror, habitantes de una tierra que es guarida de los excesos, incluido el exceso de incertidumbre.

Mis ojos no hacían más que seguir el punto de luz que era Baumgartner mientras caía: ¿Será la precipitación a nuestro derrumbe como humanidad? ¿Será que no es un meteorito apocalíptico sino nosotros, los destructores reales del mundo? Para gracia y desgracia llegó con bien, récords batidos y  con la alegría de su familia (y patrocinadores). La técnica lo salvó y la expectativa de la audiencia ratificó la sed brutal de héroes trágicos que persiste en la humanidad.

El salto de Baumgartner acusa la complejidad de una era. La modernidad se había encargado de ponernos en el centro, de hacernos sentir dioses pequeños; la posmodernidad es esa bajada, el autoexilio del Olimpo. Caemos violentamente a una tierra también violenta. Ojalá Ícaro nos perdone o al menos se compadezca de nuestra adicción a las caídas.