Cuando vi el video de la Miss-túpida que dijo lo de que “Confucio fue un chino-japonés” debo confesar que reí a carcajadas, pero una parte de mí permaneció indignada por la confusión. “Todos tienen los ojos rasgados”, comentaron en su momento. Creí que era algo demasiado racista.

Hace pocos días alguien tuvo a bien confundir en las Olimpiadas la bandera de Corea del Sur con la de Corea del Norte. Si hay dos países diametralmente opuestos, son éstos. Todo el mundo hablaba del ultraje que resultaba dicha confusión, y —los más dramáticos— de cómo pudo haber iniciado una guerra entre ambas naciones, donde la tensión entre fronteras es más fuerte que las barreras físicas. ¿Saben que creo? Que son lo mismo: tienen todos los ojos rasgados.

Las Olimpiadas se tratan de un mundo perfecto. Un mundo donde el trabajo es superfluo, donde la moda es banal y donde el dinero no existe. Se trata de un mundo que se da el lujo de dedicar su tiempo a perfeccionar al hombre, y donde se le da mérito y honor a quien empuja los límites de lo humano un paso más allá, sin importar la nacionalidad. Es sobre un mundo donde se premia el esfuerzo de superarse y no la cuna o la marca que se viste. Es de un mundo sin fronteras, donde nadie habla un idioma más superior que el del deporte. Que las Olimpiadas y los conflictos entre países existan en un mismo plano es una de las grandes incongruencias de nuestra raza.

A toda la gente que se indignó por la confusión le cuento que la bandera de Corea del Norte no representa al Gobierno de Corea del Norte, sino a su gente. Gente que ha sufrido las injusticias de un sistema opresor, gente que vive en la pobreza y que lucha día a día por sobrevivir. A la gente indignada le digo que sería un honor poder representar a todas esas personas, más fuertes que lo que jamás podremos ser, sea cual sea nuestra nacionalidad. Las naciones no son enemigas, sólo los gobiernos de las naciones; y los que en ellas habitamos deberíamos enorgullecernos de ser ciudadanos del Mundo y hombres sin barreras.