Todo iba viento en popa cuando salí de clases el pasado lunes; yo manejaba, al tiempo que cantaba —como es costumbre— una de esas canciones del Band of the Run, quizá “Jet”, quizá “Let Me Roll It”. Entonada en mis ánimos empecé a divisar que los carros a la altura de Doctor Gálvez no avanzaban. Un único pensamiento llegó a mi mente: nuevamente me había tocado salir a la hora de la comida de los oficinistas, por más que quisiera no iba a escapar. La resignación se hizo presente cuando, después de 5 minutos, no avancé ni un metro. Lo sabía, estaba atorada en el tráfico. ¿Qué podía yo hacer?

Tres y quince

Siendo uno automovilista nuevo no conozco rutas de escape; siendo uno automovilista torpe, menos. Si no ve salida alguna comience a divertirse. Sea mañoso como yo y juegue con las letras de las placas de los autos:

– 730 RCL: reciclaje, recelo, rascacielos.
– 668 VNL: vinil, varonil, venezolano, Vasconcelos, vainilla.
– 832 SPC: sapiencia, suplicante, suplicio, supersticioso.

Es un juego muy bobo: nadie gana y nadie pierde.

Cuarto para las cuatro

Si se aburre armando palabras,  es un buen momento para pensar en cosas menos profundas, por ejemplo, pregúntese ¿cuál es el color dominante entre los carros presentes? Si su respuesta es amarillo o verde debería reconsiderar su contestación; si sus colores son rojo o plata puede estar contento, su respuesta es la más aproximada a la realidad. En caso de ser plata comience a formularse preguntas totalmente irrelevantes: ¿Por qué plata? ¿Por qué todos los que conducen carro plata son señores y no señoras? ¿Por qué uno de cada tres gustosos del plata hacen texting mientras conducen? ¿Tuitean o feisbuquean? ¿Son solteros o casados?

Comience a construir la historia de vida del primer desconocido que tenga a la vista. Imagine, por ejemplo, al dueño del 668 VNL, que podría ser un oficinista sureño que vive una existencia completamente rutinaria, su sueño siempre fue ser actor, sin embargo, terminó siendo asesor financiero… (Entre más trágica mejor, entienda que siempre hay situaciones peores que la suya). Borre la historia y comience de nuevo.

Cuatro y once

Si el tránsito no mejora y usted se cansó de jugar con los desconocidos, recurra a su última opción: ponga el disco que más le avergüence —y que seguramente traerá—, suba el volúmen, cante y piérdase en los sonidos. Que la voz de Juan Gabriel —por ejemplo— y la de usted sean una misma. Que no le intimiden las miradas que posiblemente reciba por parte de los demás conductores. Siéntase libre de afinar y desafinar cuantas veces sean necesarias.

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En cualquier momento usted habrá llegado a su destino, bajará de ese carro y seguirá con su vida. Entonces se dará cuenta de que el  tráfico, más que ser una pérdida de tiempo, es siempre una posibilidad para jugar con la intimidad de las circunstancias.

Imagen: Nómada