La primera vez que intenté andar en bicicleta —sin llantitas, aclaro— fue a los 6 años; yo era muy niña y tenía serios problemas de equilibrio. Siempre fui muy torpe andando sobre ruedas.

Mi mamá, siempre histérica, solía atacarme con frases como “Te vas a romper la cara si te subes a una bicicleta” o “¿Te acuerdas de tus primos, los que están llenos de moretones por andar en bici?”. Me infundió tal miedo en mí que nunca, en toda mi niñez, volví a acercarme a ese velocípedo “del diablo”.

Pasó el tiempo y yo no podía mirar a las bicis más que con cierto rencor, envidiando así a todos mis compañeritos que presumían con gusto cada uno de los golpecitos que les había dejado alguna rodada. No fue sino hasta hace un año cuando un buen amigo decidió que ya era tiempo de superar mi trauma, así que me llevó a CU y me enseñó todo lo básico sobre el galano arte de andar sobre ruedas, sobre todo lo referente a cómo perder ese miedo que con los años había acumulado. Fue así como después de algunos intentos fallidos, mucho nervio, muchas vueltas y un paquete de galletas que sirvió para quitarme el estrés, logré ganarle a mi desequilibrio: aprendí a andar en bici.

Hoy en día somos muchos los que le hemos perdido el miedo a este medio de transporte, algunos gracias a los siempre alentadores amigos o familiares, y otros,  gracias a los programas que han impulsado el ciclismo en la ciudad, tales como “Tu bici viaja en Metro”, la Ciclovía Reforma y Ecobici —que por cierto, el día de ayer cumplió su segundo aniversario—. Es cierto, aún estamos lejos de tener una cultura vial que permita a los ciclistas rodar —como ellos quisieran— en las calles de la ciudad, sin embargo, cada vez somos más los interesados en elegir este transporte.

Aprovechemos las buenas —y sinceramente pocas— obras que ha puesto el gobierno para nosotros. Usemos más la bici, y si no tenemos una propia, optemos por los programas antes mencionados. Asistamos a rodadas en el caso de que queramos sentirnos más seguros; dejemos el automóvil en casa cuando recorramos trayectos cortos. No seamos haraganes y, así como yo, perdamos el miedo.

Después de tanto sufrimiento, hoy puedo decir que soy ciclista, y no es por nada pero ¡ah, qué bien se siente!

Imagen: Bicimotos