Para cualquier persona las cenas de Navidad representan un verdadero reto. Están los que están haciendo dieta y no quieren romperla; los que van al gimnasio y no quieren afectar su rutina; las mamás preocuponas por sus hijos que comen mucho. ¿Cómo hacer para no comer tanto? Los economistas tenemos una solución.

Uno esperaría que ante el atasque calórico que sabemos que viene al cerrar el año, moderáramos nuestro apetito cuando llegue el momento. Es lo racional. Es lo que un economista clásico esperaría, que las personas se comporten de manera racional y hagan lo que convenga a sus intereses ya predefinidos. Pero no es de sorprendernos que al acabar la cena caigamos en cuenta de que hemos comido de más y es incapaz que nos movamos de la silla. Peor aún, nos damos cuenta a la mañana siguiente que aún queda comida y es inevitable repetir la dosis con el famoso recalentado.

¿Qué hacer cuando las personas se comportan de esta manera tan irracional, contrario a lo que esperamos? Todo se trata de incentivos y de que, aun sabiendo la tragadera de la que podemos ser víctimas, planear desde antes una manera de ajustar el comportamiento de las personas a lo que nosotros esperamos; es lo que los economistas llamamos “economía del comportamiento”.

Así que hagamos un poco de magia económica y, dejando de lado los aburridos números, apliquemos la economía en un caso muy práctico y cercano a todas las personas.

Dan Ariely, economista del MIT y pionero en la Economía del Comportamiento da sencillos consejos económicos para evitar que nosotros y nuestros comensales se excedan al momento de reunirnos alrededor de la mesa.

El secreto, como dije, está en crear las condiciones para guiar a tus invitados hacia buenas decisiones, o en usar su irracionalidad en su beneficio.

Usa palillos chinos, así los bocados serán más pequeños y difíciles de comer. Pero con los tradicionales platillos mexicanos esto es un poco complejo, por lo que lo ideal sería usar platos y cubiertos más pequeños. Dado que elegimos las porciones en función de lo que nos queda y no de que tan satisfechos estamos, porciones más pequeñas nos llevarían a comer menos, incluso si podemos servirnos más comida.

Otra manera de desincentivar comer mucho es colocar la comida lejos; esto implicaría servir los platos directamente en la cocina, en vez de poner todos los platillos en exhibición sobre la mesa. Así a la gente se le haría más difícil ir por su sexta porción de romeritos que si los tuviera que servir con sólo estirar la mano.

Empieza la cena con una sopa… o bueno, un pozole con mucha verdura. Así, en vez de que los comensales escojan qué comer, tú has escogido por ellos. Si el primer platillo es relativamente llenador y bajo en calorías, todos comerán menos el resto de la velada.

No es tampoco mala idea limitar el número de platillos. La variedad estimula el apetito; así que limitarnos a sólo unas cuantas opciones hará que te aburras de repetir una y otra vez el mismo platillo.

Estudios demuestran que no somos consistentes con la cantidad de calorías que ingerimos cada día, pero sí con el volumen; por lo que podemos preparar una cena sustanciosa en volumen pero baja en calorías.

Y ya que hablamos de preparar, asegúrate de hacer la comida tú mismo. Desempolva el recetario e inténtalo. Algunos economistas opinan que la epidemia de obesidad es atribuible en gran medida a que compramos comida que no cocinamos nosotros.

Además no debes preocuparte por la comida de esos días en específico. Ese es el problema. Nos preocupamos demasiado por  lo que comeremos en fechas importantes y no día a día. La solución a comer mucho no está en comer mucho menos los días que comes cantidades industriales, sino en comer poco menos en días normales.

Y si aún con todo esto crees que fallarás, procura usar una camisa ajustada.

Fuente: The Behavioral Economics of Thanksgiving.